Carina, ingeniera textil propietaria del Taller Atenea de Zaragoza
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Carina, propietaria del Taller Atenea

La dulce brisa bonaerense que impregnó Zaragoza de su amor por la costura

Fotos de la galería e interiores: Noemi Martínez Pérez.

Su voluntad inquebrantable llevó a Carina, ingeniera textil argentina, a dedicar toda una vida a la costura y el diseño. Una maestra dulce con una gran capacidad para la transmisión de conocimientos que arribó a Barcelona hace 23 años y que desde hace cinco regenta el Taller Atenea en Zaragoza, su academia de costura. Loquillo, el Circo del Sol, Operación Triunfo o los Lunnies fueron parte de sus clientes en las casi dos décadas que se dedicó en la ciudad condal a la creación de indumentaria para teatro, una etapa que dio paso a la docencia, su actual forma de expresión artística.

El actual proyecto de Carina ha ayudado a muchas personas a reconciliarse con la costura. En su academia se usa la máquina de coser desde el primer día, hecho que elimina de un plumazo el miedo de muchos a no ser capaz de dominarla. Todo gracias a una profesora que, con sus explicaciones claras y sencillas, ayuda a sus alumnas a replantearse sus capacidades con la costura. El candor que transmiten sus palabras relaja a los temerosos estudiantes, que acaban sus clases con la autoestima «costurera» por las nubes. Carina ama coser y transmite su amor por los hilos.

Y es que las costureras aficionadas que hemos asistido a sus clases nos damos cuenta de que la pasión por la costura y el textil está muy arraigada en el corazón de Carina. «Yo coso de toda la vida. Cuando era pequeña, en casa de mis padres había una máquina antigua, de las que van a pedal. Era de mi abuela, pero murió antes de que yo naciera, entonces yo no vi nunca a nadie en esta máquina porque mi madre no te cose ni un botón –bromea-. Recuerdo de pequeña, apenas llegar a los pedales de la máquina, coger los trapos de la cocina y ponerme a coser. No sé cómo, pero yo cosía, enhebraba la máquina y todo», recuerda con una eterna sonrisa en los labios.

Tanta era la atracción que Carina sentía por esa antigua máquina que a los diez años le pidió a su madre que la llevara a algún lugar en el que la enseñaran a coser. «A ella en su época la obligaron a aprender y odiaba la costura, me decía: “pero… ¿en serio quieres ir? Si no quieres, no tienes por qué ir”», rememora.

Pero, como dice el refrán, «el que la sigue la consigue», así que finalmente logró recibir clases de una señora del barrio bonaerense en el que vivía. Una perseverancia que le llevó a licenciarse en Ingeniería Textil en la Universidad de Buenos Aires y a la realización de un postgrado en diseño de indumentaria y especializaciones en teatro. «En el posgrado empecé a hacer los patrones, a coser… todo el proceso completo. Coso de toda la vida, me encanta», afirma Carina.

Carina en su taller.

Una vez licenciada, Carina realizo trabajos para el teatro y para empresas de lencería, hasta que, un día, tomó la decisión de mudarse a la que fue su residencia durante 18 años. «Yo conocía Barcelona porque había estado de vacaciones varias veces, y me gustaba. En Buenos Aires ya había hecho todo lo que tenía que hacer y ya no tenía más expectativas. Así que pensé, que del mismo modo que eliges lo que comes por qué no elegir dónde vivir. Y si no me gusta o no me adapto me voy a otro sitio. Me adapté enseguida a Barcelona, igual que aquí en Zaragoza, me ha encantado la gente. Conecté tanto y me gustó tanto la gente… me encanta este lugar. Hay calidad de vida aquí», asevera.

Durante sus casi dos décadas en Barcelona, Carina trabajó con productoras y compañías de teatro, circo y danza. Entre otros, recibió encargos para Loquillo, Operación Triunfo y el programa infantil de TVE Los Lunnies, aunque la mayor parte del tiempo lo dedicó a indumentaria teatral. «Es muy divertido porque siempre haces cosas distintas que rompen con el típico margen de ropa para vestir», apunta.

Unos pedidos con los cuáles la ingeniera bonaerense no tuvo ocasión de conocer la rutina. «Tienes que jugar mucho con los tejidos porque en el teatro y la danza se ejecutan movimientos exagerados que no se hacen en el día a día. A nivel de patronaje es también un poco diferente en algunas prendas. También los colores, las texturas, el tipo de materiales, no siempre trabajas con la típica tela, a veces para el teatro, para movilizarte, necesitas cosas con alambres por ejemplo. Es muy creativo en ese sentido, porque utilizas muchas cosas fuera de lo ordinario para una confección de ropa. Como siempre estás haciendo cosas distintas no te aburres, no es monótono», asegura.

La dedicación a la indumentaria teatral proporcionó a Carina grandes momentos, aunque llegó un momento en el que la argentina sintió la necesidad de transmitir todo aquello que había aprendido desde aquel día a los diez años en el que se sentó en la máquina de coser de su abuela.

«Después de tantos años me apetecía dar clases y que otra gente pueda desarrollar algo que piensa que es imposible. Que gente que cree que no aprenderá a usar una máquina de coser vea que no es tan complicado. Y que la misma persona pueda hacer sus cosas, pueda desarrollar su creatividad. Es muy bonito porque cuando viene gente que no sabe coser nada, que en su vida ha tocado una máquina y nunca ha cosido un botón, en la primera clase ya empiezan a coser y no se lo pueden creer. Y luego la posibilidad de hacer cosas que creemos que son imposibles. Una falda básica sencilla para quien sabe coser es muy fácil pero para alguien que nunca ha tocado una aguja… Y que puedan hacérsela ellas mismas, que la puedan usar… es muy bonito también. Además a mí me gusta enseñar, estar con la gente y transmitir lo que a mí me enseñaron», sostiene.

Carina imparte sus clases en el Taller Atenea, situado en la calle Cervantes de Zaragoza. El centro, que tiene capacidad para unas 50 personas distribuidas en grupos de un máximo de cinco alumnas, ofrece cursos regulares de costura y arreglos, así como otros puntuales de patronaje, fieltro, bisutería textil, accesorios, bolsos, faldas y ganchillo. Estos talleres suelen organizarse los sábados por la tarde y sirven para conocer materiales y técnicas. Las clases con reducidas y personalizadas para que cada alumna pueda ir a su ritmo y aprenda lo que desee.

El grueso de sus alumnas son mujeres, en torno a los 40 años, aunque, según explica, «hay de todo, hay chavalas que tienen veintipocos y llevan dos años viniendo, las más mayores tienen sobre 70 años. La gente más mayor ya sabe coser, porque ha cosido toda la vida».

Carina en su taller.

El Taller Atenea está abierto a todo aquel que quiera aprender a coser, aunque lo cierto es que la mayoría de sus clientas son mujeres. «Vienen pocos hombres, pero alguno sí que se anima. Todos los que han venido cosen superbién, a muchos se les da muy bien. Normalmente quieren aprender a hacer arreglos, aunque alguno sí que se ha hecho algún pantalón, alguna camisa… Vino un señor el año pasado que terminó haciéndose un pantalón de pinzas. Era muy gracioso porque decía que a los amigos del bar no les decía que iba a costura –bromea-. Otro chico vino porque tenía una tienda de tapicería y le interesaba aprender a usar la máquina para hacer tapizados de sillones», recuerda.

La búsqueda de la diferencia es una de las principales razones que mueven a sus alumnas a aprender a coser y customizar prendas. «Es gente creativa que busca la diferencia, a esta prenda le hago algo, le añado, le quito… son creativas, necesitan hacer cosas, no se conforman con lo que hay y buscan. Y les gusta hacerlo a ellas, no que se lo hagan. Quieren darle ese toque personal», detalla la ingeniera textil.

Aunque reconoce que la costura se ha convertido hoy en día en una afición. «Es un hobbie. El otro día me decía una señora que aquí se concentraba más que en el yoga. Por eso veo que mucha gente lo tiene como un hobbie, es el momento que tienen para ellas, están los niños en el colegio… es su momento. Les gustan las manualidades, hacer cosas, igual que hay gente que va al gimnasio todos los días porque le encanta, porque es su momento de distensión o de descarga, pues hay gente que le gusta coser, el patchwork, el ganchillo. Más que por la necesidad de hacerte ropa, porque no siempre sale a cuenta a nivel económico porque las telas son caras. Antes la gente sí que cosía más por necesidad, te hacías una falta y te duraba toda la vida. La gente ya no se gasta dinero en un tejido que igual el año siguiente se ha pasado de moda. Mucha gente hace por el hecho de hacer, es una tarea que entretiene, que te mantiene atenta, que te gusta», afirma.

El Taller Atenea lleva cinco años de funcionamiento en la ciudad de Zaragoza, y continúa con fuerza en paralelo a la proliferación de tutoriales de costura y manualidades en internet, los cuáles acompañan a sus alumnas en el proceso de aprendizaje. «Yo no lo considero competencia, al contrario, cuanto más hay, gusta más. Hay gente que hace unos blogs y unos tutoriales fantásticos, me encanta verlos. Siempre descubres cosas, porque tú quieres hacer un bajo o una cremallera y se puede hacer de varias formas, siempre se aprende de todo el mundo», expone.

La costura es una disciplina que fue muy necesaria en el pasado, que había sido dejada de lado y que vuelve actualmente con fuerza, en forma de hobbie. Es un medio de expresión de la creatividad personal, así como una manera de encontrar la diferencia en el vestir, que las grandes marchas han unificado en exceso. Y, sobre todo, es algo bello y satisfactorio que se aprende con paciencia y práctica.

Porque, según asegura esta ingeniera bonaerense, «hay gente que viene a la academia que piensan que no van a saber aprender, que les va a costar mucho. Es importante, entender que no sabemos y que vamos a aprender. Hay gente que no le sale y se pone nerviosa. Estamos aprendiendo, tú disfruta, es cuestión de práctica, como todo. Si vas a ir a aprender a tocar el piano tienes que practicar un montón hasta que suena a música, porque al principio es ruido. Con la costura es igual, no vas a coser recto el primer día, ni el segundo ni el quinto, tienes que coser kilómetros y ya irás recto».

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