Evyenía Tzortzi, artista textil y joyera, miembro de Hilaku

«Medea», el orgullo de las heridas que cauterizó el filamento

Fotos de la galería e interiores: Noemi Martínez Pérez. Página de facebook e instagram de Evyenía.

La luz de la localidad costera griega de la que procede embriaga todas las creaciones de Evyenía Tzortzi, artista textil y joyera que formó parte del elenco de Hilaku, primera muestra de arte textil celebrada en Zaragoza durante el pasado mes de mayo. «Medea» es el nombre de la obra presentada por esta licenciada en filología inglesa, vinculada a las labores desde niña, que se encuentra en pleno proceso de investigación en el terreno de la joyería textil a través de su proyecto «Little Finger Fridays».

La presencia de Grecia en su trabajo se muestra con claridad en la obra que Evyenía presentó a Hilaku, ya que esta obra tiene como elemento central «Medea, una tragedia griega que habla de una mujer cuyo marido la engaña con otra mujer. Ella mata a los hijos como venganza. Es el arquetipo de la mujer cuya pasión amorosa está por encima incluso del instinto maternal», explica.

Aunque el desamor no es el leitmotiv de la artista griega. «Yo quería hablar de la traición, no quería hablar de los hombres, de los amores. Lo que más me interesa es la traición de una mujer hacia sí misma. En mi obra “Medea” trabajo la metáfora de la traición. Para mi matar a los hijos es matar los proyectos», apunta.

La obra textil de Evyenía se muestra como un collar elaborado con hilos trenzados con ganchillo, que se cierra como un grillete alrededor del cuello. «Lo que yo quería plasmar era el ahogamiento, es un collar que se cierra detrás con botones. Al principio, en el cuello, aprieta mucho y cuanto más estoy trabajándolo, más se abre. Para mí como creadora, como persona que quizás haya traicionado sus proyectos por otras prioridades, cuanto más estoy trabajando, más me estoy encontrando, por eso también me estoy relajando. Los hilos se van abriendo, va transformándose en un collar de reina, de orgullo», afirma.

La tragedia griega en la que se basa la creación de Evyenía habla de Medea, una bárbara que se enamora de Jasón, un griego que, para conseguir el trono de su padre, debe conseguir el vellocino de oro, en posesión del padre de la mujer. Medea se enamora del heleno y traiciona a su propio pueblo robando el vellocino. Incluso durante la huida con el preciado bien llega a destrozar en pedazos a su hermano mediante un hechizo elaborado por ella, con el objeto de distraer a su desolado padre y evitar la captura. Aunque el centro de la tragedia acontece en el momento en el que Jasón la abandona por otra mujer, momento en el cual ella mata a los hijos que tuvo con él a modo de venganza.

Medea, obra presentada por Evyenía Tzortzi a Hikalu, primera muestra de artistas textiles de Zaragoza.

«Medea es una mujer traicionada que sufre y que al mismo tiempo trata de recordar quién es», argumenta la artista, cuya obra muestra su visión personal sobre el mito griego. «En la parte de atrás de la obra cuelga una piedra que representa el vellocino de oro. Tiene una parte de latón y lana, es una piedra del río. Yo tengo una obsesión con el pasado: de dónde vengo, de dónde soy, cuáles son los lastres que tengo. El pasado es una cosa que te impide seguir adelante y que al mismo tiempo ayuda a seguir adelante. No consigo aclararme qué pesa más en mí. Siempre tienes que luchar contra la identidad que te ha sido adjudicada al nacimiento: etnia, nación, familia… Y al mismo tiempo honras esa identidad. Yo soy de Mesolongi, un pueblo muy pequeño que me da muchísima belleza, es un pueblo costero con una naturaleza increíble, tiene su mar, sus salinas, su luz, sus barcos. Pero al mismo tiempo me ha ahogado, por ser pequeño, por las mentalidades, por no vivir en la libertad que se vive, por ejemplo, en una ciudad grande, del mismo modo que una ciudad grande te ahoga con sus defectos», asevera.

La obra textil de Evyenía se basa técnicamente en el ganchillo. A partir de dos ovillos, que une para obtener más grosor, elabora la cadeneta base con la que ha confeccionado el collar. Es un trabajo que lleva meses de proyección y documentación, y cuya ejecución llevó cerca de un mes de incansable trabajo durante doce horas diarias. Evyenía tiene un claro flujo de trabajo, aunque, como toda creación artística, el planteamiento inicial se va transformando a lo largo de la producción. «Es un proceso continuo, es como una meditación, cuando meditas tienes que dejar entrar tus pensamientos como si fueran personas», explica la artista griega.

«En la parte delantera de “Medea” hay unos trozos de cristal que yo quería incorporar como si fuera un mosaico, aunque lo descarté, decidí unirlas con nudos. Porque con esos cristales quería representar la mujer rota, pero a medida que estaba trabajando me estaba dando cuenta de que yo no quiero enseñar los trozos rotos, son partes que se rompieron, pero luego vino el hilo para volver a unirlos. Quedó como una pieza que cuelga de la parte delantera demostrando el orgullo de las heridas. Todo lo que se rompió dentro de ella es su herramienta, su orgullo, su propia joya, con la que sigue adelante con la cabeza bien alta, porque la forma del collar te obliga a ello», narra con determinación.

El proceso creativo es tan intenso que Evyenía siente una mezcla entre la alegría y el vacío a la hora de entregar su trabajo. «¿Quién era antes?», bromea al recordar el momento de la entrega.

Trabajo de fin de curso

Medea está conectada con una de sus primeras creaciones, su proyecto de fin de curso, en el cual «partí de la mitología, parte de la idea del mito de las Parkas, la versión romana de las Moiras, las que reparten la suerte de la gente. Son tres, son las hijas de la necesidad que giran el huso de la vida: Cloto, que es la que hila y representa el presente; Láquesis, la que mide, la que decide lo largo que va a ser el hilo de la vida de cada uno, y representa el pasado; Átropos, que significa “de la que no se puede escapar”, y es la que tiene las tijeras y corta la vida», comenta.

Este proyecto y Medea tienen en común la técnica y parte del concepto, puesto que los cristales que en la obra expuesta en Hilaku representaban del dolor de la mujer rota, en el caso de la obra de fin de curso se mostrarían como una gota de cristal que representa el pueblo del que procede, Mesolongi.

Trabajo de fin de curso para la Escuela de Artes de Zaragoza.

En este proyecto final de sus estudios superiores en Joyería Artística en la Escuela de Artes de Zaragoza, Evyenía comenzó con la idea de que «el pasado empieza del ombligo, como parte del nacimiento, hacia abajo, es lo que había antes de que yo existiera», explica. El presente sería «todo lo que veo y todo lo que yo puedo tocar» y el futuro «viene siempre por detrás, no creo en la frase “tienes todo tu futuro por delante”, porque si lo tuviera delante lo podría ver», propone. Estas ideas se plasman en su trabajo de fin de carrera a través de los hilos y los materiales de los que está compuesto.

Esta metáfora sobre la vida encierra una de las principales preocupaciones existenciales de la artista griega. «¿Cuál es la identidad después del hacer? Si me quitan el hacer ¿qué se queda?. Ahora se nos valora por algo que ni siquiera está en nuestras manos. ¿Cuáles son las condiciones por las que una persona acaba desarrollando una profesión en lugar de otra? Igual he tenido unas buenas oportunidades para hacer lo que más me gusta pero igual otra persona no las ha tenido. Eso no me parece correcto», manifiesta.

Vestido de novia de su abuela

A Evyenía el gusto por la costura y las labores, que transforma para adaptarlos a sus procesos creativos, le viene de familia. Desde pequeña le enseñaron a bordar con punto de cruz como parte de la tradición. «Mi abuela materna hacía muchas cosas, ella siempre quiso ser modista. Hacía las labores por las tardes, por la mañana tenía un trabajo de oficina. Bordaba cosas que luego se ponía, manteles que luego usaban todos los días, objetos que decoraban las casas, se hacían sus abrigos, sus jerseys…», recuerda la filóloga.

«Mi padre me decía que mi abuela paterna cosía dormida, volvía del campo, cogía el ganchillo medio dormida y seguía haciéndolo, cerrando incluso los ojos un poco, y seguía haciéndolo», asegura, aunque también reconoce que «yo elegí dedicarme a esto, pero ellas tenían que hacerlo, tenían que coser para la familia».

Entre las joyas textiles familiares que recuerda con mayor cariño se encuentra el vestido de novia de su abuela. «Se lo hicieron a mano, en aquellos tiempos no había otra forma, y después de casarse, como lo aprovechaban todo, cortó el vestido, lo tiñó de malva y lo empezó a usar como vestido de fiesta. Yo tengo restos de tela tanto en blanco como en malva procedentes del vestido de mi abuela. Todavía no sé lo que voy a hacer con eso, pero me da mucha alegría pensar que puedo contar la historia de una mujer, de hace más de sesenta años,  de cómo se hacían las cosas en aquel momento, contar algo que tiene que ver con mi familia…», rememora mientras su rostro se ilumina con alegría y orgullo.

Little Finger Fridays

Evyenía Tzortzi, Técnico Superior en Joyería Artística por la Escuela de Arte de Zaragoza, se encuentra en pleno proceso de investigación y creación basado en la joyería textil. La propuesta de la artista griega se fundamente en el hecho de «contar historias. Cuando trabajo con encargos personalizados me interesa mucho tener que contar algo, o que el portador tenga algo de qué hablar en el momento en el que le preguntan por la pieza. Eso es lo que más define mi trabajo. No lo podría definir formalmente, porque muchas veces he cambiado de estilos. Cuando trabajo con la plata soy mucho más limpia y geométrica, elegante de una manera personal, mía. Es decir, yo no hago alta joyería, ni pedrería… no me gusta la joyería clásica, me muevo más hacia algo más contemporáneo. Incluso en la medida de lo posible, trato de hacer joyería artística y performativa como es “Medea”», argumenta.

En este sentido, actualmente Evyenía se encuentra inmersa en un proyecto que ella ha denominado Little Finger Fridays, dirigido a darle una estructura a todas las ideas de experimentación que tiene en mente «Me he propuesto hacer todos los viernes del año un anillo para el dedo meñique. Es mi día de jugar, de experimentar. Uso desde gasas médicas a cuero, telas, plata… todo», anuncia.

Evyenía Tzortzi trabaja en su estudio.

De hecho, la joyera griega no tiene límite en cuanto al tipo de material que emplea en sus creaciones. «Hice un collar con lo que encuentras al abrir los cajones: botones, púas de guitarra… al hacerlo me di cuenta de que ese collar es mi segundo de bachillerato, son cosas que me recuerdan a esa época. Son piezas mágicas porque llevan otro tipo de alma, más que una pieza que te ha gustado por su aspecto», manifiesta.

Una línea de trabajo personalizada con la que lleva trabajando desde el comienzo de su carrera artística. «Hice un proyecto para una amiga que son cinco pulseras, para cinco mujeres de tres generaciones de la misma familia. Lo numérico me flipa, se las entregué y cada una hizo con la pulsera lo que apeteció, una de ellas se la puso de colgante. Hice cinco pulseras partiendo de un mismo hilo, como partiendo de un mismo ADN, pero cada una de ellas es distinta. Cada pulsera está pensada para una mujer distinta, es decir, los acabados son distintos, las texturas son distintas… son sutiles diferencias. Es una familia en la que las mujeres se pasan las joyas, cuando una está pasando por un momento más difícil la otra le pasa una joya para que lleve algo de esa persona encima», recuerda con orgullo.

Mesolongi

Evyenía procede de un pueblo costero griego que lleva siempre en su corazón. El olor y la luz del lugar son los elementos que tiene anclados en su mente con más fuerza, recuerdos que cada día que pasa fuera de Mesolongi son más intensos.

«Cuando más tiempo llevo fuera más se acentúan los recuerdos, se bordan más, se hacen más fuertes. Pero en temas de identidad… yo me siento muy a gusto en Zaragoza, cuadramos muy bien, siento que tiene cosas que me ayudan a trabajar, me ayudan a “ser”, incluso el clima no me parece tan extremo. Yo me identifico mucho con Samuel Becket o con James Joyce, que son escritores que se fueron de su país para poder entender su país. Es decir, cuanto más tiempo paso fuera de Grecia, mejor para aclarar las ideas. Te alejas tanto de tu idioma, que cuando vuelves a él se te ha oxigenado la mente. Las distancias te permiten ver cosas claramente. Cuando voy allí soy un turista con un conocimiento previo de cómo es mi país. Al mismo tiempo yo no puedo escapar de lo que es Grecia, mis proyectos tienen que ver con Grecia, mis referencias me alimentan», concluye.

Evyenía Tzortzi trabaja en su estudio.

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Carina, propietaria del Taller Atenea

La dulce brisa bonaerense que impregnó Zaragoza de su amor por la costura

Fotos de la galería e interiores: Noemi Martínez Pérez.

Su voluntad inquebrantable llevó a Carina, ingeniera textil argentina, a dedicar toda una vida a la costura y el diseño. Una maestra dulce con una gran capacidad para la transmisión de conocimientos que arribó a Barcelona hace 23 años y que desde hace cinco regenta el Taller Atenea en Zaragoza, su academia de costura. Loquillo, el Circo del Sol, Operación Triunfo o los Lunnies fueron parte de sus clientes en las casi dos décadas que se dedicó en la ciudad condal a la creación de indumentaria para teatro, una etapa que dio paso a la docencia, su actual forma de expresión artística.

El actual proyecto de Carina ha ayudado a muchas personas a reconciliarse con la costura. En su academia se usa la máquina de coser desde el primer día, hecho que elimina de un plumazo el miedo de muchos a no ser capaz de dominarla. Todo gracias a una profesora que, con sus explicaciones claras y sencillas, ayuda a sus alumnas a replantearse sus capacidades con la costura. El candor que transmiten sus palabras relaja a los temerosos estudiantes, que acaban sus clases con la autoestima «costurera» por las nubes. Carina ama coser y transmite su amor por los hilos.

Y es que las costureras aficionadas que hemos asistido a sus clases nos damos cuenta de que la pasión por la costura y el textil está muy arraigada en el corazón de Carina. «Yo coso de toda la vida. Cuando era pequeña, en casa de mis padres había una máquina antigua, de las que van a pedal. Era de mi abuela, pero murió antes de que yo naciera, entonces yo no vi nunca a nadie en esta máquina porque mi madre no te cose ni un botón –bromea-. Recuerdo de pequeña, apenas llegar a los pedales de la máquina, coger los trapos de la cocina y ponerme a coser. No sé cómo, pero yo cosía, enhebraba la máquina y todo», recuerda con una eterna sonrisa en los labios.

Tanta era la atracción que Carina sentía por esa antigua máquina que a los diez años le pidió a su madre que la llevara a algún lugar en el que la enseñaran a coser. «A ella en su época la obligaron a aprender y odiaba la costura, me decía: “pero… ¿en serio quieres ir? Si no quieres, no tienes por qué ir”», rememora.

Pero, como dice el refrán, «el que la sigue la consigue», así que finalmente logró recibir clases de una señora del barrio bonaerense en el que vivía. Una perseverancia que le llevó a licenciarse en Ingeniería Textil en la Universidad de Buenos Aires y a la realización de un postgrado en diseño de indumentaria y especializaciones en teatro. «En el posgrado empecé a hacer los patrones, a coser… todo el proceso completo. Coso de toda la vida, me encanta», afirma Carina.

Carina en su taller.

Una vez licenciada, Carina realizo trabajos para el teatro y para empresas de lencería, hasta que, un día, tomó la decisión de mudarse a la que fue su residencia durante 18 años. «Yo conocía Barcelona porque había estado de vacaciones varias veces, y me gustaba. En Buenos Aires ya había hecho todo lo que tenía que hacer y ya no tenía más expectativas. Así que pensé, que del mismo modo que eliges lo que comes por qué no elegir dónde vivir. Y si no me gusta o no me adapto me voy a otro sitio. Me adapté enseguida a Barcelona, igual que aquí en Zaragoza, me ha encantado la gente. Conecté tanto y me gustó tanto la gente… me encanta este lugar. Hay calidad de vida aquí», asevera.

Durante sus casi dos décadas en Barcelona, Carina trabajó con productoras y compañías de teatro, circo y danza. Entre otros, recibió encargos para Loquillo, Operación Triunfo y el programa infantil de TVE Los Lunnies, aunque la mayor parte del tiempo lo dedicó a indumentaria teatral. «Es muy divertido porque siempre haces cosas distintas que rompen con el típico margen de ropa para vestir», apunta.

Unos pedidos con los cuáles la ingeniera bonaerense no tuvo ocasión de conocer la rutina. «Tienes que jugar mucho con los tejidos porque en el teatro y la danza se ejecutan movimientos exagerados que no se hacen en el día a día. A nivel de patronaje es también un poco diferente en algunas prendas. También los colores, las texturas, el tipo de materiales, no siempre trabajas con la típica tela, a veces para el teatro, para movilizarte, necesitas cosas con alambres por ejemplo. Es muy creativo en ese sentido, porque utilizas muchas cosas fuera de lo ordinario para una confección de ropa. Como siempre estás haciendo cosas distintas no te aburres, no es monótono», asegura.

La dedicación a la indumentaria teatral proporcionó a Carina grandes momentos, aunque llegó un momento en el que la argentina sintió la necesidad de transmitir todo aquello que había aprendido desde aquel día a los diez años en el que se sentó en la máquina de coser de su abuela.

«Después de tantos años me apetecía dar clases y que otra gente pueda desarrollar algo que piensa que es imposible. Que gente que cree que no aprenderá a usar una máquina de coser vea que no es tan complicado. Y que la misma persona pueda hacer sus cosas, pueda desarrollar su creatividad. Es muy bonito porque cuando viene gente que no sabe coser nada, que en su vida ha tocado una máquina y nunca ha cosido un botón, en la primera clase ya empiezan a coser y no se lo pueden creer. Y luego la posibilidad de hacer cosas que creemos que son imposibles. Una falda básica sencilla para quien sabe coser es muy fácil pero para alguien que nunca ha tocado una aguja… Y que puedan hacérsela ellas mismas, que la puedan usar… es muy bonito también. Además a mí me gusta enseñar, estar con la gente y transmitir lo que a mí me enseñaron», sostiene.

Carina imparte sus clases en el Taller Atenea, situado en la calle Cervantes de Zaragoza. El centro, que tiene capacidad para unas 50 personas distribuidas en grupos de un máximo de cinco alumnas, ofrece cursos regulares de costura y arreglos, así como otros puntuales de patronaje, fieltro, bisutería textil, accesorios, bolsos, faldas y ganchillo. Estos talleres suelen organizarse los sábados por la tarde y sirven para conocer materiales y técnicas. Las clases con reducidas y personalizadas para que cada alumna pueda ir a su ritmo y aprenda lo que desee.

El grueso de sus alumnas son mujeres, en torno a los 40 años, aunque, según explica, «hay de todo, hay chavalas que tienen veintipocos y llevan dos años viniendo, las más mayores tienen sobre 70 años. La gente más mayor ya sabe coser, porque ha cosido toda la vida».

Carina en su taller.

El Taller Atenea está abierto a todo aquel que quiera aprender a coser, aunque lo cierto es que la mayoría de sus clientas son mujeres. «Vienen pocos hombres, pero alguno sí que se anima. Todos los que han venido cosen superbién, a muchos se les da muy bien. Normalmente quieren aprender a hacer arreglos, aunque alguno sí que se ha hecho algún pantalón, alguna camisa… Vino un señor el año pasado que terminó haciéndose un pantalón de pinzas. Era muy gracioso porque decía que a los amigos del bar no les decía que iba a costura –bromea-. Otro chico vino porque tenía una tienda de tapicería y le interesaba aprender a usar la máquina para hacer tapizados de sillones», recuerda.

La búsqueda de la diferencia es una de las principales razones que mueven a sus alumnas a aprender a coser y customizar prendas. «Es gente creativa que busca la diferencia, a esta prenda le hago algo, le añado, le quito… son creativas, necesitan hacer cosas, no se conforman con lo que hay y buscan. Y les gusta hacerlo a ellas, no que se lo hagan. Quieren darle ese toque personal», detalla la ingeniera textil.

Aunque reconoce que la costura se ha convertido hoy en día en una afición. «Es un hobbie. El otro día me decía una señora que aquí se concentraba más que en el yoga. Por eso veo que mucha gente lo tiene como un hobbie, es el momento que tienen para ellas, están los niños en el colegio… es su momento. Les gustan las manualidades, hacer cosas, igual que hay gente que va al gimnasio todos los días porque le encanta, porque es su momento de distensión o de descarga, pues hay gente que le gusta coser, el patchwork, el ganchillo. Más que por la necesidad de hacerte ropa, porque no siempre sale a cuenta a nivel económico porque las telas son caras. Antes la gente sí que cosía más por necesidad, te hacías una falta y te duraba toda la vida. La gente ya no se gasta dinero en un tejido que igual el año siguiente se ha pasado de moda. Mucha gente hace por el hecho de hacer, es una tarea que entretiene, que te mantiene atenta, que te gusta», afirma.

El Taller Atenea lleva cinco años de funcionamiento en la ciudad de Zaragoza, y continúa con fuerza en paralelo a la proliferación de tutoriales de costura y manualidades en internet, los cuáles acompañan a sus alumnas en el proceso de aprendizaje. «Yo no lo considero competencia, al contrario, cuanto más hay, gusta más. Hay gente que hace unos blogs y unos tutoriales fantásticos, me encanta verlos. Siempre descubres cosas, porque tú quieres hacer un bajo o una cremallera y se puede hacer de varias formas, siempre se aprende de todo el mundo», expone.

La costura es una disciplina que fue muy necesaria en el pasado, que había sido dejada de lado y que vuelve actualmente con fuerza, en forma de hobbie. Es un medio de expresión de la creatividad personal, así como una manera de encontrar la diferencia en el vestir, que las grandes marchas han unificado en exceso. Y, sobre todo, es algo bello y satisfactorio que se aprende con paciencia y práctica.

Porque, según asegura esta ingeniera bonaerense, «hay gente que viene a la academia que piensan que no van a saber aprender, que les va a costar mucho. Es importante, entender que no sabemos y que vamos a aprender. Hay gente que no le sale y se pone nerviosa. Estamos aprendiendo, tú disfruta, es cuestión de práctica, como todo. Si vas a ir a aprender a tocar el piano tienes que practicar un montón hasta que suena a música, porque al principio es ruido. Con la costura es igual, no vas a coser recto el primer día, ni el segundo ni el quinto, tienes que coser kilómetros y ya irás recto».

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