Martina en el País de las Hadas (XXI)

Autor de la fotografía: http://www.viktorhanacek.com/

Nieves se encaminó al desván de la casa familiar con el deseo de volver a contemplar el rostro de su fallecida madre. Hacía ya cuatro años que se había ido y desde entonces no había cejado en su empeño de honrarla mediante la confección de una manta en su honor.

Mañana celebraría su primera comunión y necesitaba recordarla. El corazón de la niña confiaba en que su madre, transformada en hada años atrás, acudiera a la iglesia para acompañarla. Pero temía no reconocerla, le horrorizaba la idea de equivocarse de entidad si en lugar de su madre acudiera otra hada curiosa a ver la ceremonia.

Por ello la niña de montaña se acercó a las escaleras y comenzó a subirlas con cuidado, para no hacer un ruido que alertara a su familia. Aunque nadie le había impedido acceder a la caja de las fotografías, ella sentía que hacía algo prohibido.

Un torbellino de recuerdos se agolpaba en su mente mientras la sangre martilleaba su cabeza a causa del temor. Un miedo primario a ser descubierta ralentizaba su paso al tiempo que su voluntad de hierro luchaba en contra de sus temores y le permitía llegar a su destino.

Abrió la puerta del desván. Encontró la caja con la mirada. Su parálisis se incrementó durante un breve instante. Pero cedió ante su profundo deseo de ver a su madre.

Tomó el objeto con sus manos y retiró la tapa. Lo que no esperaba Nieves era que la primera fotografía con la que se toparía sería precisamente la del día de la boda de sus padres. Allí estaba ella. La madre necesaria, la que tanto añoraba, la que tras su marcha prematura había cambiado su vida para siempre.

La caja se escurrió de entre sus deditos en el mismo instante en el que comenzó a llorar de alegría.

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¡Felices labores!

Martina en el País de las Hadas (XX)

Autor de la fotografía: http://www.viktorhanacek.com/

La tía Conchi había colocado a fuego lento un puchero con leche de vaca. Solía cocerla poco a poco, para extraer una gruesa capa de nata. Después la mezclaba con miel y la untaba en un buen pedazo de pan. Esa era la merienda habitual de Purificación, y Nieves solía esperar a que a su abuela le sobrara un poco para tomar algo de esa merienda tan buena. La abuela la veía por el rabillo del ojo y sonreía internamente, mientras cedía los últimos bocados de la merienda a su pequeña Nieta.

Una niña que no podía estar más nerviosa. Faltaban solamente unas horas para su primera comunión. La pequeña había cumplido nueve años, por lo que casi había duplicado la edad con la que había perdido a su mamá. Apenas recordaba su rostro, pero después de cuatro años aún no había reunido el valor para contemplar su fotografía.