La artesana Marga Barrio honra la memoria de sus abuelas en sus almazuelas
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Almazuelas Colgadas (II): Marga Barrio y la reutilización textil

Retazos de vida que albergan el alma de nuestras antepasadas

Foto de la galería: Noemi Martínez Pérez.

El murmullo de voces del pasado que emanan los retales de las almazuelas llamó a la burgalesa Marga Barrio, hace más de veinte años, a unirse a una tradición de hondas raíces riojanas. El destino tenía reservado a esta artesana, participante habitual en la fiesta de las Almazuelas Colgadas de Pradillo de Cameros, un emotivo camino que le ha llevado a la obtención de galardones internacionales. Una senda que hoy comparte con muchas artesanas, como aquellas que la precedieron, cuya memoria honra con respeto y trabajo.

Las almazuelas entraron con fuerza en la vida de Marga Barrio. Unas mantas de patchwork típicas de la sierra riojana que la conmovieron profundamente. Estas colchas están compuestas de rectángulos de tela que albergan una ancestral sinfonía de historias que llega al presente a modo de máquina del tiempo textil. Y es que en cada centímetro de manta palpitan las almas de madres, abuelas y bisabuelas que, tras largos días de duro trabajo, se sentaban al abrigo del hogar a coser retales y recuerdos.

Una tradición, la de las almazuelas, que Barrio disfruta tanto en su ejecución como en su planificación. De hecho, para ella, uno de los momentos «más maravillosos» en el proceso de diseño y ejecución de las almazuelas se presenta «cuando consigues reunir una tela, que a lo mejor tiene 100 años, y al cabo de un tiempo le encuentras una compañera en telas que proceden de otros sitios del mundo, que proceden de otras épocas, que pueden ser modernas… reunir esas telas y que parezca que se estaban esperando entre si desde siempre… ese momento es maravilloso», afirma la artesana con la dulzura con la que se refiere a su pasión.

Ya que para Marga Barrio «hacer almazuelas es más que coser. Lo digo de broma, pero casi es mi religión», comenta. Un proceso catárquico de composición en el que la vida, con sus buenos y sus malos momentos, queda impregnada entre las costuras de una pieza de abrigo que trasciende de lo meramente funcional.

Estas intrincadas colchas tienen para la artesana «una carga emocional enorme. Las telas antiguas me conmueven mucho: las sábanas de lino rústicas que guardo, muchas de ellas ya agujereadas, desgastadas… me conmueven porque yo veo ahí las manos de mis abuelas y mis bisabuelas lavándolas en el río, zurciéndolas… era increíble lo que hacían en esos tiempos, aprendían casi sin querer de niñas, al tiempo que aprendían otras tantas cosas… y ocupaban su vida en eso».

El componente emocional de las almazuelas hace que para Barrio sean mucho más que un objeto de arte que cada día atrae mayor interés. «Casi la primera pregunta que la gente suele hacer es “¿pero cuánto tiempo tardas en hacer esto?”. Y siempre respondo lo mismo: yo no mido el tiempo, hay otros muchos factores a tener en cuenta», apunta en relación a la curiosidad que esta tradición despierta entre la población de La Rioja.

La inversión de tiempo es un factor necesario a la hora de diseñar y confeccionar una almazuela. Un elemento esencial, como lo es también, a juicio de Barrio, el estudio del color. «Hay que elaborar un plan para combinar bien los colores. Son colores que no puedes mezclar en una paleta, tienes que ir a buscar la tela, que tú tienes en la cabeza, para colocarla en su sitio», explica.

Ahí radica una de las mayores dificultades en la fabricación de la almazuela. Estas piezas textiles se elaboran con retales de lo que un día fueron camisas, vestidos o ropa de hogar. La elaboración de un diseño armónico con telas de diseños tan variopintos es harto complicado. «Eso te lleva muchas veces a teñir tus propias telas. A mí no me gustan los tintes acrílicos, así que tiño con plantas», afirma.

Este proceso de tinte con vegetales se realiza, tal y como explica Barrio, por fermentación o cocción, entre otros métodos. Un procedimiento natural que añade aún más valor a una tradición que en el pasado se basó, por pura necesidad, en la reutilización de recursos y el respeto por la naturaleza.

«Mi espíritu en esto es retomar, en la medida que pueda, la primera intención de la almazuela, que es reciclar y aprovechar cada centímetro de tela. Me parece tan bonito lo que se hacía entonces. Con tan pocos medios, mujeres matadas a trabajar durante el día, que a la poquita luz que tuvieran a la noche se empeñaban en coser sus cositas, la almazuela para la cama de sus hijos…. Aun con esa precariedad de medios y esa falta de tiempo, hacían cosas maravillosas», argumenta.

De esta forma, en el ánimo de Marga Barrio está la búsqueda de ese significado primordial que en su día tuvieron las almazuelas en una sociedad apoyada en la subsistencia. La necesidad apretaba en aquellos años, una escasez que las manos de nuestras antepasadas transmutaron en absoluta belleza.

«Me gusta volver a la esencia, hacer cosas tan auténticas como hacían nuestras abuelas y bisabuelas con esa precariedad pero con ese gusto y ese primor con el que lo hacían», declara con cariño y respeto.

Detalle de una almazuela de la hija de Marga Barrio, Celia Barriuso. Foto: Noemí Martínez.

Tal es su querencia por esta ancestral tradición, que incluso la viste. Y es que a la fiesta de las Almazuelas Colgadas de Pradillo de Cameros del pasado día 26 de agosto de 2017 acudió con un vestido elaborado con lo que fue una colcha fabricada por ella misma.

«Yo hice la almazuela en su día, hace más de veinte años. La hice con telas recicladas, aquí hay vestidos de mis hijos, camisas de mi marido… un poco de todo. La colcha estaba muy gastada, muy ajadita, descolorida. La tenía apartada pero siempre con la idea en mente de reciclarla. Entonces decidí que la convertiría en vestido. Espero que no sea la última vida que tiene. De hecho se reencarnará en otra cosa cuando me aburra de tenerla como vestido», asegura con una sonrisa íntima y cálida.

La fiesta de las Almazuelas Colgadas de la que participa Marga Barrio es la punta del iceberg de un trabajo que impulsó la diseñadora Lola Barasoain hace veinte años. «Lola ha hecho un trabajo sin el cual hoy probablemente no estaríamos a este nivel. Cuando yo empecé a hacer almazuelas hace ventitantos años tenías que explicar lo que era. Pero hoy ya no. Empezó Lola, y las miles de mujeres que hacemos almazuelas en La Rioja hemos contribuido a que sean conocidas», recuerda la artesana.

Marga Barrio, burgalesa de nacimiento, es una de las muchas personas que han conseguido elevar una tradición muy riojana. «Aunque soy de Villafranca de Montes de Oca, en Burgos, vivo en Estollo, La Rioja alta, hace más de veinte años, así que soy un muy riojana también. Aquí he criado a mis hijos, y aquí conocí las almazuelas. Siempre he pensado que el destino me tenía reservada esta maravilla», expone.

Más de dos décadas de pasión por esta tradición que le han llevado a recibir premios internacionales, como el celebrado en 2005 en, Alsacia, en Sainte Marie Aux Mines. Un trabajo también reconocido en otros certámenes como el Festival Internacional de Sitges, en Barcelona, entre otros.

Unos galardones que llegaron tras muchos años de aprendizaje. Premios que se gestaron hace cientos de años, cuando la primera artesana decidió aprovechar los retales de las prendas de la familia y transformarlas en útil belleza. La artesana Marga Barrio se sumó hace más de veinte años a esta cadena de mujeres que conocieron y amaron las almazuelas. Unas colchas fabricadas con lo que hoy se considera deshecho, pero que unen pasado y presente a través de manos y almas que traspasan la barrera del tiempo y quedan impregnadas en tejidos que portan su esencia vital.

 

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