Martina en el Pais de las Hadas episodio numero LI
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Martina en el País de las Hadas (LI)

Autor de la fotografía: http://www.viktorhanacek.com/

Después de su encuentro casual con el pastor del pueblo, Nieves comenzó a pasear con él todos los domingos. Sebastián era un hombre paciente y respetuoso, con un alma sensible capaz de abordar cualquier tema que ella le planteara.

La semana era ligera ahora que esperaba la llegada del domingo con ilusión. Cada día se levantaba temprano para ver desde la ventana de su habitación cómo su padre le entregaba el ganado al pastor, antes de que ambos se dirigieran a sus obligaciones en el campo. En el momento en el que Ricardo le daba la espalda a Sebastián, éste alzaba su mirada hacia la habitación de la chica y la saludaba con una sonrisa y un gesto de sombrero.

Estos saludos diarios eran una costumbre que llenaba el corazón de Nieves de felicidad y nerviosismo. Un ritual que no se perdía y que daba comienzo a un día lleno de canturreos y bailecillos. Las tías de Nieves se daban perfecta cuenta de lo que estaba empezando a crecer entre ambos y se alegraban muchísimo por su sobrina. Tanto como se sorprendían de que Ricardo no diera muestras de estar dándose cuenta de nada.

Por las tardes, de vuelta de la escuela, Nieves preparaba la clase que iba a impartir al día siguiente y se sentaba en el cuarto de costura a tejer y hacer remiendos. Como el galanteo había traído la coquetería a su vida, solía también hacer pequeños cambios en su vestuario de domingo para que luciera un poco más bello y distinto que la semana anterior.

Nieves se había enamorado hasta las trancas de Sebastián. La energía que ese amor le daba era tal que el tiempo le cundía el doble. Su mente estaba más despejada y tranquila y su corazón estaba tan contento que parecía que diera saltos de alegría.

La maestra del pueblo estaba mirándose en el espejo de la habitación de costura, con el objetivo de encontrar fallos en los nuevos bordados que había aplicado en su vestido de domingo. La chica estaba feliz de verse plena y hermosa, y su padre, que la contemplaba desde el umbral de la puerta, sonreía al tiempo que pensaba que Sebastián sería un gran compañero para su niña.

 

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