Baola lencería enciende la "chispa" de la mujer madura
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Baola lencería enciende la «chispa» de la mujer madura

La suma de tejidos naturales, un patrón esmerado y una confección exquisita son las señas de identidad del taller de lencería Baola, dirigido a la mujer madura, que surgió hace más de veinte años en la localidad vizcaína de Barakaldo. Una aventura que germinó en el teatro y que actualmente está liderada por Bittori, una diseñadora perfeccionista que se ha convertido en el alma de una marca de estilo romántico que lleva su sello más personal. Y es que, según afirman sus clientes, “Baola tiene una chispa».

Mis prendas favorecen, cuando la gente se las pone se ve guapa», tanto que, según le consta, hay clientas que las utilizan fuera del entorno del hogar. “Es una lencería con la que puedes abrir la puerta de casa tranquilamente», añade. Una consecuencia del detallado estudio al que Bittori somete cada colección. “Por ejemplo, las prendas de baño están superestudiadas: todas tapan la rodilla, casi todas tienen un detalle por delante que da más volumen, todas llevan bolsillos… son detalles que he oído solicitar a mis clientas a lo largo de los años», explica.

En tallas pequeñas hay verdaderas cucadas en el mercado, pero más allá no hay tanta oferta. Mis camisones sientan bien en el pecho, incluso teniendo un tallaje grande, y siendo tejido a la plana, porque el punto casi siempre suele quedar bien, pero el tejido a la plana lo tienes que trabajar muchísimo: con pinzas camufladas, con frunces, con una tablita detrás para dar más amplitud…» argumenta la diseñadora.

El taller de lencería Baola nació hace 26 años como un taller de figurinismo. “Hacíamos ropa para teatro. Estábamos con un grupo que hacía escenografía y que quería ocuparse también de la parte de figurinismo, de la ropa para teatro, y que necesitaban una patronista. Yo había hecho diseño y patronaje industrial», recuerda. En aquella época Bittori se dedicaba a la docencia, junto con la que fue su socia durante diez años. Una compañera de fatigas que animó a esta profesora de historia del traje y patronaje industrial a unirse al grupo de figurinismo.

Aquel proyecto inicial contaba con un número importante de personas, que con el tiempo se restringió a su exsocia y ella. “El grupo de escenografía se disolvió, así que los que estábamos en el grupo de figurinismo cambiamos el chip. Si nos llamaban para hacer ropa de teatro bien, pero algo teníamos que hacer mientras tanto. Así que empezamos a hacer camisería, con telas de Liberty auténticas. Un familiar que viajaba a menudo a Londres nos traía tejido del estocaje de la tienda de Liberty de Londres», explica, al tiempo que recuerda que durante ese periodo se lanzaron primero al diseño de ropa a medida, para lo cual empleaban los excedentes de tejido de alta calidad de una tienda de Algorta, y posteriormente a la lencería.

Desde el comienzo de la andadura de Baola hasta la actualidad, al taller le ha distinguido el uso de tejidos naturales y de un diseño que favorece a cualquier tipo de cuerpo de mujer. En este sentido, siempre está atenta a lo que demandan sus clientas. “Muchas veces el tema de la creatividad queda supeditado a qué es lo que quiere el cliente, lo que cuesta la confección, lo que cuesta el tejido… Por ejemplo, a mi me gustan las camisolas más cortitas, más desenfadadas. Pero eso no lo busca mi público, mi clienta es una señora que quiere ir elegante, que quiere bolsillos, que quiere le siente bien la camisola, que no se le transparente… Por ejemplo, este verano hice un camisón de punto de viscosa que se ha vendido fenomenal, parece un vestido. Pues no se ha vendido más porque no era maternal. Yo sabía que no lo iba a vender tanto como si fuera maternal, pero al menos me di el lujo de sacar algo nuevo», reseña Bittori en referencia al conflicto existente entre el deseo innovador de la persona que diseña y la demanda del mercado.

La dedicación al diseño le llegó a Bittori casi por aclamación popular. “Yo quería hacer Bellas Artes pero al final entré en la academia de diseño animada por toda la gente que conocía», comenta en recuerdo de los tiempos en los cuáles sus amistades acudían a su casa a que le hiciese disfraces para carnaval. “Siempre hemos tenido máquina de coser, pero la manejaba mi hermano, yo la verdad, era una chapuzas con ella. Eso si, lo de cortar me gustaba, me ponía en el suelo de la cocina y sin tener todavía idea de patronaje cortaba la tela de los disfraces, me encantaba», recuerda Bittori.

Aunque la atracción por el universo de la confección le vino de niña, ya que “mi vecina de arriba era modista, y de chiquitina me pasaba media vida con ella, con sus tejidos, incluso una vez me cosí un dedo», sonríe una diseñadora que reconoce que “odia» coser. “Me llevé una desilusión por no haber podido hacer Bellas Artes, porque a mi me encantaba dibujar, pero luego no lo he echado de menos. Te puedo decir que estoy aquí porque realmente me gusta, me encanta lo que hago a pesar de que hay veces que lo dejaría por cuestiones que no puedes controlar. Pero no lo dejo porque me encanta lo que hago, soy una privilegiada», reconoce.

Y es que los factores externos que Bittori ha tenido que afrontar casi le llevan el cierre hace seis años. “Saqué un muestrario y me dije que si no ganaba dinero para cubrir los gastos de la siguiente colección, cerraba. Estuve a punto de tirar la toalla, pero vendí y continué», explica. Uno de los factores adversos con los que ha tenido que lidiar ha sido la crisis económica que comenzó en 2008 y que a juicio de la diseñadora ha cambiado las costumbres de sus clientes. “La crisis está cambiando la forma de comprar, no siempre puedes acceder a lo que a ti te gustaría por cuestiones económicas. Por ejemplo, se que entre la gente joven no tengo futuro porque el precio les va a echar para atrás, aunque les guste. Sin embargo, una persona que tenga su sueldo, que tenga su vida mas o menos resuelta, y se quiere comprar algo bueno puede hacerlo. La gente más joven quiere variar, y no verse como su amatxu», argumenta.

A esta situación se suma el uso de tejido a la plana de alta calidad, como villela y batistas, que encarecen el producto, pero que lo convierten en aquello por lo que sus clientas buscan Baola. “Este invierno pasado lo que mejor se vendió fue lo más caro del muestrario», añade. Hecho que se repitió en verano, fechas en las que “además de la lencería hago una pequeña colección de complemento de baño más indicada para la mujer madura, la señora que quiere ponerse la típica camisola para ir a la playa o para ponerse cómoda por la mañana en la casa de campo, o para ir a la compra. He hecho la prueba, he sacado todos los precios, desde uno muy barato hasta los tejidos que yo suelo utilizar. Y la gente acaba comprando lo bueno si puede».

El taller de lencería Baola vende principalmente en la zona norte, sobre todo en Pamplona, San Sebastián, Irún, Oñati, Bilbao, Burgos y Madrid. En este momento se encuentra preparando la temporada del invierno de 2017/18, ya que hasta ahora “he estado enseñando primavera-verano de 2017 y ahora estoy reuniendo los pedidos, metiendo al ordenador todos los datos, sacando los tejidos, las cantidades….», apunta. En base a ese trabajo “se van haciendo unas previsiones de tejido. Pero doy un poco de margen para acabar de enseñar el muestrario de primavera-verano. Hay tiendas que quieren verlo en septiembre y otras que lo ven a mitad de octubre, pero siempre hago una previsión para no quedarme sin tejido».

Unas nuevas colecciones que siguen la misma filosofía que vio nacer a Baola: la búsqueda de la perfección en el diseño, el uso de tejidos de alta calidad y una cuidada confección que distinguen a esta marca vasca de lencería que apuesta por una producción extrictamente nacional. “Soy una controladora nata, no lo puedo negar, trato que los acabados sean perfectos, y que la gente que compra el producto lo pague a gusto porque está pagando calidad», concluye Bittori.

SI TE GUSTA BAOLA Y QUIERES INCLUIR SUS PRENDAS EN LA OFERTA DE TU TIENDA, PUEDES PONERTE EN CONTACTO CON BITTORI EN www.baola.net

 

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