Rosario y Pilar, residentes en la Residencia Campo Romanos (Zaragoza), inauguran `Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente´ - La Voz de las Costureras
Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente

Rosario y Pilar, residentes en la Residencia Campo Romanos (Zaragoza), inauguran `Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente´

`Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente´, nueva sección de La Voz de las Costureras

Foto: Noemi Martínez Pérez. De izquierda a derecha, Rosario Rocafort, Marta Reinares y María Pilar Martínez Corral

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`Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente´

La riqueza de un pueblo tiene manifestaciones tangibles, palpables y medibles, pero también otras intangibles, de enorme valor, pero muy difíciles de mensurar. Esta sección que se inaugura hoy quiere recoger los recuerdos de esas mujeres recias que han construido, en silencio, las redes sobre las que nos sustentamos todos. Unas trabajadoras sin sueldo que desde el amor y la dureza labraron la tierra, criaron, repararon, consolaron… cosieron y tejieron.

`Legado intangible: mujeres que tejieron nuestro presente´ pretende recopilar unos valiosos recuerdos a los que sus protagonistas no otorgan importancia, pero a través de los cuáles se atisban cambios, evoluciones y revoluciones. Todo ello con el hilo conductor de las labores, esa herramienta útil que las reunía al final del día en torno a una mesa a charlar de lo humano y lo divino. Esa forma de arte que abriga y viste, y que tanto sentimiento alberga.

La Voz de las Costureras tiene el honor de inaugurar esta sección gracias al generoso testimonio de Rosario Rocafort y María Pilar Martínez Corral, usuarias en la Residencia Campo Romanos de Zaragoza. Una iniciativa, esta última, de la trabajadora social zaragozana Marta Reinares, que transformó «un campo de patatas» familiar, como ella recuerda, en una empresa que ha generado 21 puestos de trabajo en una localidad de 112 habitantes, Romanos, población situada a 75 kilómetros de la ciudad de Zaragoza.

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Rosario y María Pilar son usuarias de la Residencia Campo Romanos prácticamente desde su inauguración. Una empresa que surgió en 2015 como confluencia natural de las trayectorias profesionales de su promotora, Marta Reinares. Y es que antes de lanzarse a la apertura de la residencia, Reinares era gestora y propietaria de una empresa de pinturas, así como trabajadora social en diversas residencias de mayores de la ciudad de Zaragoza. Pero la llegada de su marido, agricultor de Romanos, y de su hija, le llevaron a replantearse su vida y tomar la decisión de dejar su empresa de pinturas y su trabajo en residencias para afincarse en la localidad donde finalmente se lanzó al proyecto de su vida.

La Residencia Campo Romanos comenzó su andadura en «febrero de 2015. Abrimos con 25 plazas y otras 15 de centro de día. En mayo de 2019 hice ampliación de la zona de día, 120 metros cuadrados, y ahora hay 29 plazas y 16 de centro de día. Puse una sala sensorial, estimulación cognitiva para las personas con demencia, gimnasio, terapia ocupacional, otro comedor… he invertido en calidad del servicio, en mejorar las instalaciones. Como Residencia Campo Romanos somos referente en la calidad del servicio: hay suficiente personal, tenemos unas instalaciones que no existen en el entorno, tenemos un centro de día, tenemos servicio de transporte en furgoneta adaptada… tenemos dos furgonetas con las que salimos a buscar a los pacientes de centro de día, subimos al domicilio a vestirlos si hace falta, tenemos servicio de ayuda a domicilio, servicios de limpieza en las casas… cubrimos la necesidad de la persona mayor en el medio rural», manifiesta Reinares.

Una iniciativa que ha dado un vuelco a la vida de Romanos, localidad de 112 habitantes, y a la de muchas mujeres del entorno, que han podido rehacer su vida gracias a la oportunidad de trabajo que ha supuesto la apertura de la residencia. Y es que Reinares se adapta a sus necesidades, ofreciendo no solo la formación necesaria para el trabajo con personas mayores, sino también jornadas partidas que son su tabla de salvación. Ya que, según explica, es difícil que una mujer del entorno rural pueda aceptar una jornada completa debido a los cuidados y el hogar, «pero si les ofreces un contrato parcial que lo pueda llevar les das una independencia que antes no tenían», asevera. No en vano esta residencia ha sido galardonada con el premio `Excelencia a la innovación en la diversificación de la actividad económica en el medio rural` en la IX edición de los Premios de Excelencia a la Innovación para Mujeres Rurales.

La Residencia Campo Romanos invierte también sus beneficios en mejora del servicio y de las condiciones de sus trabajadoras, de hecho «he comprado una casa junto a la residencia y he creado cuatro viviendas para las trabajadoras. Estoy fijando población, estoy cubriendo las necesidades de las personas mayores, estoy luchando contra la despoblación», explica, al tiempo que realiza un llamamiento a las instituciones públicas. «Necesito más apoyo de la administración pública, en el sentido que si yo doy una ayuda a domicilio a la que ellos no llegan, porque no cubren festivos, horarios… si yo lo estoy dando… ¿por qué no concertar la mía? Para el usuario, porque yo voy a ganar lo mismo, pero permites que el usuario que igual no tiene esos recursos reciba el servicio. Necesito el apoyo de la administración pública, concertando la ayuda a domicilio o dando ayudas para el transporte. Que se dé cuenta que yo estoy cubriendo a un sector vulnerable que ellos tienen la obligación de atender», concluye.

Y en esta residencia, nacida de la determinación de toda una emprendedora, viven las aragonesas Rosario Rocafort y María Pilar Martínez Corral. Unas mujeres con un fuerte elemento en común, el amor por la creación textil, a pesar de sus trayectos vitales divergentes: la costura para el hogar en el caso de Rosario y la costura como empresa, en el caso de Pilar y su academia de la calle Conde Aranda de Zaragoza.

Rosario Rocafort: con la máquina de coser de compañera hasta Campo Romanos

Rosario Rocafort, de 92 años, nacida en Calatayud, desarrolló casi toda su vida en la localidad zaragozana de Daroca. «La guerra –La Guerra Civil, 1936- la pasamos en Calatayud. Después en Daroca, sin moverme, hasta ahora, que se murió mi marido y me dije: “para no darles mal a los chicos me voy a una residencia”. Que no querían, pero bueno», recuerda una costurera infatigable que se llevó su máquina de coser a la Residencia Campo Romanos para poder continuar con su afición en su nuevo hogar.

En Daroca Rosario tuvo tres hijos, uno de los cuáles «se murió, de sesenta años ya, en Canarias», explica. Una vida en una localidad a la que llegó muy joven, y en la que aprendió de la mano de Carmina Estella Collado, una profesora de costura con la que se introdujeron en el mundo de la aguja y el hilo muchas muchachas del entorno en aquellos años. «Allí en Daroca no sabía qué hacer, entonces dijo mi madre: “voy a hablar con `la Estella´”. Había muchas chicas para coser», rememora. «Carmina tenía siempre el taller lleno. Te enseñaba a coser, sobrehilar… con el tiempo te iban dando más cosas, incluso para que las llevaras a casa. Si tenía mucho trabajo me lo llevaba a casa y por la noche lo hacía», comenta.

Rosario aprendió con el objetivo cubrir las necesidades de la familia en una época en la que coser era esencial: la ropa confeccionada estaba al alcance de muy pocos. Ella casó joven, «de 22 años», y en su juventud tuvo el ánimo de coser su propio traje de novia. «Hasta el traje de casarme me lo hice yo. Incluso la Carmina me dijo: “pero mujer, eso no lo hace nadie, yo te lo hubiera hecho”. Era azul marino con chaqueta y una blusa blanca. Hasta hace poco aún tenía la chaqueta», evoca la bilbilitana.

Las labores se daban por hecho en aquellos años para las muchachas, pero Rosario las disfrutaba. «Me gustaban todas las labores. El punto de cruz me gustaba mucho porque se veía muy bien lo que se hacía. A punto de cruz hice muchas cosas, y a bordado también, porque en la escuela nos enseñaban a bordar. Yo fui a las monjas de Daroca –colegio-, y allí nos enseñaban a bordar», anota. Una querencia que la hizo popular en su entorno. «Yo no me daba el título de modista, pero lo que pasa, cuando te veían coser, la una se lo decía a la otra…» y terminaba cosiendo para todo el mundo, recuerda con una sonrisa.

María Pilar: profesora de costura emprendedora, viajera y romántica

María Pilar Martínez Corral, de 80 años, nació con un don especial para el patronaje. Una capacidad que sorprendió a su profesora, la propietaria de la academia Corte Parisien, que estuvo ubicada en el número 2 de la calle Alfonso de Zaragoza. «El patronaje es difícil, pero yo me lo pasaba bomba. Recuerdo que la directora del Corte Parisien, porque mi sistema era el Corte Parisien, me decía: “¿tú has estado cosiendo en alguna parte? Porque yo encuentro que no tengo que enseñarte casi nada”», sonríe la zaragozana.

Pilar aprendió muy joven, animada por su madre a la adquisición de un oficio. «A los 18 años mi madre me dijo, “hija, tienes que aprender, lo que sea, algo que te guste mucho”. Yo le dije, “bien, voy a aprender Corte”. Recuerdo que vino ella conmigo, yo era muy tímida. Ella habló con la dueña de El Corte Parisien y ella le dijo, “venga usted con su hija dentro de unos días y vemos qué se puede sacar de ella: puede ser mucho o puede ser nada”. Yo pensé: “madre mía, puede ser mucho… seguro que nada», ironiza.

En la academia, sus dotes para el patronaje llamaban la atención de la directora, a la que Pilar en ocasiones se atrevió a corregir. «La dueña empezó a enseñarme, “esto se corta por aquí, esto por allá…”. Entonces yo le decía, “esto no será de esta forma”. Ella miraba y me decía, “y usted de dónde saca eso”. Y yo le respondía: “es que lo veo”. Yo no sé cómo no me echaron. La directora decía: “no me explico cómo usted sabe cosas que no ha aprendido”», rememora con una sonrisa socarrona.

Una vez obtenido su título, María Pilar se lanzó al emprendimiento con la apertura de su academia de costura. «Yo vivía en una bocacalle de la calle Alfonso. Pero era un piso más bien pequeño, así que me mudé a Conde Aranda, a un piso más amplio. Allí tenía espacio para dar clase. Yo me lo pasé muy bien. Llegué a tener cuarenta alumnas. Algunas chicas iban a pasar el rato, pero había otras que venían exclusivamente a aprender, solo querían aprender. Algunas para ser modistas y otras para hacerse sus cosas en casa. Mi madre a mí ya me lo dijo: “lo único que no te puede fallar es que aprendas para hacerte tus cosas. Con eso me basta”», asevera.

Los años de la academia fueron felices y fructíferos para María Pilar. «Estaba muy feliz porque me gustaba mucho. Lo que más hacía yo era patronaje. Tenía otra chica, a la que le di yo el título, que cosía muy bien. Yo lo cortaba, lo preparaba, y ella lo cosía», explica. La patronista gustaba de enseñar, y no le negaba nada a sus estudiantes. «Iba por la calle San Gil y había una tienda que tenía unas pocholadas… Alguna alumna me decía que quería hacerse un camisón de esa tienda y yo le decía, “ya voy yo a ver”. Yo iba y la dueña de la tienda me miraba como diciendo: “esta viene a copiar”, me ponía muy mala cara, pero yo seguía como si no lo hubiera visto», recuerda con simpatía.

De la academia a recorrer España

Fueron buenos tiempos, sin embargo, la llegada de la ropa confeccionada a precio asequible lo cambió todo. De pronto, comprar ropa ya fabricada no era tan inalcanzable y el número de alumnas de costura empezó a descender. Una realidad que, con el tiempo, le llevó a cerrar su academia. Pero como dice el refrán, Pilar puso “al mal tiempo buena cara” y afrontó su nueva etapa con ilusión. «Mi padre era maquinista de la Renfe y teníamos el tren gratis. Gracias a eso he recorrido casi toda España. Al no tener la academia, no estaba esclava de eso e iba de aquí para allá», rememora.

Entre viaje y viaje, la familia de la patronista decidió afincarse por un tiempo en Benidorm. «Después nos fuimos a vivir a Benidorm. Allí, pasando por una tienda dije, “fíjate, aquí hacen arreglos”. Entré y me preguntó el dueño si era modista. Yo le contesté que me dejara unos días y ya vería lo que hacía. Y empecé a hacer arreglos. Eran belgas, muy amables, un matrimonio con el hijo», comenta.

En la tienda del matrimonio belga, Pilar pasó años que recuerda con gran cariño. «Me acuerdo que me dijo la dueña: “usted tiene arte”. Yo le dije: “yo no tengo ningún arte, lo que hago es trabajar”», sonríe. «El jefe era un hombre `aquí estoy yo´, guapo, con dinero. Le decía a su hijo: “tu deja a `Pilá´, porque no sabía decir `Pilar´, que haga lo que ella crea”», recuerda.

La zaragozana hacía buenas migas con el hijo de los dueños. Una afable relación que, con el transcurso del tiempo, se transformó en amor. Un sentimiento que no podría ser correspondido por el joven belga. «A mí me gustaba ese hombre. Yo se lo dije a mi madre, y ella me dijo, “pero si es gay, no puedes hacer nada”. Cristian era perfecto para mí. Era un hombre muy agradable. Aun me acuerdo y hace años de esto. El que me gustaba, no venía, y el que venía, no me gustaba», concluye con ironía.

Ambas ríen con el comentario de la patronista, sonrisa que esgrimen el resto de residentes que nos acompañan en la conversación. Una charla amena en la que Rosario y María Pilar me han cedido un espacio en su casa y sus vivencias. La costura ha sido la excusa, el hilo por el que se han escapado casamientos, hijos que quedaron en el camino, amores no correspondidos… mucha costura y mucha fuerza que demuestran unas mujeres que afrontaron las adversidades con una naturalidad extinta, con una sorna balsámica. Con una generosidad que se alza como sello generacional.

Muchas gracias por el honor de sus palabras.

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